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CAPITULO 3

LA CAMPAÑA AL CONGRESO

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde del año 2013 y me encontraba en mi oficina. Veía una entrevista por Youtube que el Canal Televida le había hecho a Álvaro Uribe. Era un diálogo íntimo sobre su vida personal, familia y aficiones. Mientras transcurría el video, pensaba en lo mucho que admiraba la sencillez de Uribe, la claridad con la que exponía sus ideas y su naturalidad.

El celular sonó, era un número desconocido, contesté y al otro lado estaba uno de los colaboradores más cercanos del expresidente. Me dijo que finalmente la lista de candidatos a la Cámara por el nuevo partido de Uribe ya había quedado configurada y que me habían ubicado en el cuarto lugar de esta. Me pidió no hacer pública esta noticia, puesto que iban a mandar un comunicado a los medios, accedí y colgué. Una hora más tarde, los mensajes de texto llenaban la pantalla del celular y entraba una llamada tras otra. A mis 27 años y sin experiencia en política había comenzado la campaña y no sabía qué hacer o por dónde empezar.

A medida que pasaban los días, la agenda se empezó a llenar con todo tipo de reuniones: sesiones de planeación con los otros candidatos de la lista; personas que querían hablar conmigo; visitas a medios de comunicación locales y a diferentes municipios del departamento. En una de esas muchas reuniones de planeación, un día se presentó un político de esos que algunos llaman “tradicionales”, y la verdad es que lo era y lo parecía: pasado de kilos, con ropa algo extravagante y ataviado con reloj y zapatos de marcas caras. Me preguntó sobre cómo iba mi campaña y luego me dijo que para hacer política se podía hablar de un tema u otro, se podía visitar un sector social u otro, que casi todo era variable, pero que lo único que no se podía hacer en política era hacerla sin plata.

Recuerdo vivamente estas palabras, pues, representan una mentalidad instalada en muchos de quienes han ejercido y ejercen cargos públicos en el país y ven en el dinero la ruta ideal para alcanzar estos espacios. El personaje en cuestión, me hacía esa reflexión con la evidente intención de sugerirme que si quería quedar electo, debía conseguir plata.

Otro día acompañé una rueda de prensa que hizo otro de los candidatos del partido y cuando entré a esta, un reconocido periodista de un periódico local gritó apenas me vio: “¡Ahí viene el candidato sin votos y sin plata!” No voy a negar que en ese momento sentí rabia, pues, muchos como él me veían como un aparecido que evidentemente no tenía ni estructura política —como la llaman— ni plata para hacer la campaña.

Con el tiempo pienso en ambos episodios y agradezco no haber caído en esas presiones. Por el contrario, pude reafirmar la convicción de que la política debe ser el ejercicio de la estructuración de buenas ideas que busquen el bien común y puedan ser plasmadas y ejecutadas con eficacia. Las ideas y la creatividad en la comunicación son dos componentes en los que creo en el momento de hacer política y no en el fácil y peligroso camino del dinero.

No hay virtud en donde se hace política comprando voluntades. Tampoco hay progreso social porque, una vez llegan a gobernar quienes compraron sus votos, el dinero con el que llegaron se convierte luego en deudas por pagar y así, el tiempo que debe estar dedicado a pensar en el país, en la sociedad y en la resolución de problemas, se desperdicia en gestiones para pagar a quienes aportaron el dinero para hacer las campañas. Este es un círculo vicioso que debe romperse.

Volviendo a la campaña, recorrimos Antioquia con mucha ilusión. Cuando viajaba solo con mi equipo, que estaba integrado por algunos estudiantes universitarios, llegábamos a diferentes municipios del departamento sin tener ningún punto de contacto y buscábamos hablar con los comerciantes del lugar sobre el nuevo partido que estaba naciendo. Al principio muchos preguntaban si el partido de Uribe no era el Partido de la U, un tema que costó trabajo desmontar. Si bien en sus inicios este partido giraba en torno a la figura e ideas del entonces presidente, con el tiempo y la llegada del sucesor de Uribe, este partido tomó un rumbo muy distinto.

En otras ocasiones, acompañábamos al expresidente Uribe a los pueblos. La dinámica era completamente diferente. Su llegada generaba gran expectativa y en diferentes lugares la ciudadanía literalmente se volcaba a recibirlo en las calles. Era un momento especial en la historia de la política nacional, pues, un expresidente con enorme popularidad se aventuraba al Congreso y llevaba consigo un numeroso grupo de personas, muchas de ellas nuevas en política como yo. Naturalmente, esto generaba curiosidad. Estos encuentros con la comunidad, liderados por el expresidente, eran espacios apasionantes en donde aprendí mucho.

Es común que cuando pensamos en políticos haciendo campañas en las ciudades y pueblos de Colombia estos pronuncien discursos de esos que llaman veintejulieros, que, en otras palabras, son extensos monólogos que versan sobre lo divino y lo humano y que se hacen en tono grandilocuente como de caudillo. Nada más diferente a lo que hacía Uribe, quien con tono sereno abordaba asuntos concretos e interactuaba con los ciudadanos que allí se hacían presentes. Hablaba del precio del café y de los fertilizantes agrícolas, del estado de las vías y de lo que había hecho en su gobierno por mejorarlas, siempre haciendo énfasis en que había faltado mucho por hacer. Sin excepción, a cada lugar donde íbamos preguntaba si los subsidios para los adultos mayores y los de Familias en Acción estaban siendo pagados con puntualidad.

Como era natural, Uribe era el protagonista central de estos eventos y la mayor cantidad del tiempo se dedicaba a sus palabras y propuestas. No obstante, en todos los lugares nos presentaba como candidatos y nos entregaba el micrófono para que pronunciáramos algunas palabras. Al principio era intimidante, daba miedo y con seguridad en más de una ocasión hubo equivocaciones. Sin embargo, Uribe era paciente y nos ayudaba a que mejoráramos. Siempre ha sido insistente en la importancia de las comunicaciones, suele sugerir libros, habla de su experiencia con profesores de esta materia que marcaron profundamente su estilo durante sus años como estudiante en Harvard y es reiterativo al decir que la comunicación se compone de escuchar al otro en un 90% y el 10% restante en expresar nuestras propias ideas. Creo que a Uribe algunos medios le han hecho mala fama en cuanto a su fuerte temperamento, realmente creo que no es así, pero menciono esto para decir que si hay algo que le molesta a él, es que mientras se está en una reunión de trabajo o, peor aún, en una reunión con la comunidad, alguno de los presentes se distraiga usando el celular. En más de una ocasión hubo llamados de atención por esta razón. Uribe es un líder que se entrega del todo a sus interlocutores y espera que quienes estén con él hagan lo mismo.

Hacer campaña al Congreso es completamente diferente a hacerla para un cargo uninominal como puede ser a la presidencia, gobernación o alcaldía. Estos últimos tienen un programa de gobierno que consiste en una extensa serie de propuestas para mejorar las condiciones de cada territorio. Las campañas para cargos en cuerpos colegiados, como en el caso del Congreso, son diferentes, pues, si bien un congresista puede tener ideas y propuestas respecto a proyectos de ley que pueda impulsar y debates de control político a realizar en el futuro, es frecuente que las personas busquen soluciones a problemas puntuales como puede ser el arreglo de una vía, de una escuela o la necesidad de más policía para un parque donde están vendiendo y consumiendo drogas.

Realmente siento repudio por esas campañas a Congreso en donde, sin escrúpulo alguno, los candidatos prometen empleo o vivienda. Creo que este tipo de iniciativas populistas no solo desnaturalizan la labor de un congresista, sino que juegan con las necesidades y expectativas de las personas más necesitadas de la sociedad. El deber de un congresista consiste en crear leyes, votarlas y realizar control político al gobierno nacional.

Cuando las campañas se hacen apoyadas en el clientelismo y las promesas incumplibles los elegidos llegan a sus cargos a desperdiciar el tiempo en lo que no les corresponde. La mala imagen del Congreso y sus integrantes se debe en buena medida a la forma como muchos hacen campaña: llenando las calles de afiches, realizando eventos masivos con personas transportadas en buses o chivas y que provienen de sectores de bajos recursos, haciendo rifas y promesas de cargos en el Estado para los votantes y sus familiares, etc. Comparto esa frase que dice: “como se hace campaña se gobierna”, un indicador real del estilo del líder o gobernante, frente al cual debe haber mayor atención de los ciudadanos, quienes no podemos ser indiferentes ante el derroche de dinero en época electoral.

Además de las visitas a municipios, hubo tres tipos de actividades en las que invertimos bastante tiempo y energía: debates, medios de comunicación y redes sociales.

– Debates
Este es uno de los ejercicios de la democracia que considero que más convienen y hacen falta durante las elecciones. El debate público permite contrastar ideas entre los diferentes candidatos y conocer algo de su personalidad y carácter, aspectos fundamentales. Me atrevo a decir, por experiencia y sin tener datos que corroboren esta idea, que las personas tienden a otorgar su voto, en mayor medida, por la identidad que sienten con la personalidad del candidato que por sus propuestas o ideas. Diferentes expertos en comunicaciones sostienen que el tono de voz, la mirada y el lenguaje no verbal cautivan y conectan más con el interlocutor que las palabras y es precisamente esto lo que genera mayor recordación. Los debates públicos son oportunidades de presentar ideas y personalidad y por esto siempre los he valorado. Recuerdo haber estado en debates con candidatos del Polo Democrático, la Alianza Verde, Marcha Patriótica y del Partido Liberal.

Seguramente en algunos episodios, por el clima político del país, pero, sobre todo, por la inexperiencia, hubo momentos de apasionamiento y cruce de palabras. No obstante, he procurado desde el inicio de la campaña y hasta ahora, mantener el debate en el plano de las ideas evitando los ataques personales. El debate se asemeja al boxeo: en el ring puede haber golpes, pero una vez termina el certamen los competidores pueden salir a tomar una cerveza juntos y dejar la confrontación en el escenario deportivo o, en este caso, en el escenario político. Cuando el debate político se personaliza se pierde la democracia y la confianza de la ciudadanía en sus líderes. Un reto personal, ojalá de todos quienes quieran incursionar en política en especial los más jóvenes, debe ser el del debate fuerte de las propuestas, los datos y las ideas.

– Medios de comunicación.
Visitar medios, someterse a entrevistas y diálogos con los periodistas, oyentes y televidentes, es un reto en el que vale la pena invertir tiempo y energía. Durante la campaña visitamos muchas emisoras, desde las locales hasta algunas de las más reconocidas a nivel nacional. Igualmente ocurrió con los canales de televisión, visitamos muchos. Mi premisa para cada entrevista, y así sigue siendo, es la de concentrarse en la propuesta y no en la crítica, y atender con el mismo rigor y empeño a todos los medios, sin importar si tienen mucha o poca audiencia. A pesar de los muchos avances tecnológicos en el área de las comunicaciones, especialmente, en las redes sociales, los medios tradicionales siguen siendo fuente de información para muchos ciudadanos. Estos no se pueden dejar a un lado y, por el contrario, es necesario aprender a combinar la comunicación en los medios tradicionales con los nuevos medios digitales.

– Redes sociales.
Hoy es natural que se haga campaña política a través de redes sociales; sin embargo, hace cuatro años era un tema novedoso. Para entonces, no había opciones como las del Facebook Live e Instagram Live, tan utilizadas hoy por personas en todo el mundo. He procurado hacer énfasis en la comunicación digital, pues, contrario a los medios tradicionales en donde es complejo medir el alcance e interacción con el mensaje comunicado, en las redes sociales se puede saber con exactitud en tiempo real cuántas personas están viendo, interactuando y cuáles son sus reacciones. Adicionalmente, las redes sociales permiten segmentar el mensaje, es posible comunicar ciertas ideas, de manera específica, a sectores de cierta edad, interés o ubicación geográfica.

Nuestro enfoque era el de comunicar digitalmente los recorridos a través de fotos y videos cortos, de modo que nuestros seguidores —muy reducidos en ese momento— pudieran saber dónde estábamos y qué estábamos haciendo. También grabamos videos en donde exponía mi posición sobre algún asunto coyuntural del país. Si bien esto no generó grandes resultados, debido a que quien hablaba en ellos era yo —quien era un perfecto desconocido— con mi equipo habíamos generado una disciplina de publicaciones y opinión permanente. Finalmente, y diría que fue lo más novedoso para la época, fue utilizar una herramienta llamada Twitcam, que es lo más parecido a los live de hoy, lo hacíamos para responder preguntas y críticas de todo aquel quien quisiera conectarse. La última actividad de la campaña fue un Twitcam en donde, durante varias horas y a menos de un día de las elecciones a Congreso, respondimos a todo tipo de comentarios. Como digo, hoy puede que lo anterior suene a algo obvio, pero con la velocidad de las comunicaciones y de las herramientas que van surgiendo casi a diario, mucho de esto tenía su grado de disrupción en 2014.

En la elaboración del proyecto de ley de fomento a la innovación, el último que presenté, nuevamente incursionamos en una dimensión digital. Publicamos un borrador del proyecto en Google Drive y difundimos el mismo en mis redes sociales. Así, cualquier persona podía revisar el proyecto de ley, hacer comentarios puntuales a cada artículo, proponer cambios e incorporar cosas nuevas. Hacer un proyecto de ley de innovación innovando fue la premisa: co-crear.